¿Las nuevas tecnologías «roban» infancia a los niños de hoy?

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Ahora que se habla tanto de infancias robadas, ¿estarán las nuevas tecnologías en cierta medida robando infancia de los niños de hoy? Todo es nuevo cada amanecer en la vida del ser humano – nunca volveremos a cruzar el mismo río ni a vivir el mismo día- y en la era del gran boom de las telecomunicaciones y de las redes sociales esto parece todavía más evidente.

Ayer corríamos a abrazar las nuevas tecnologías como una nueva religión. Cuánto más pobre es el entorno social más ansia parece ponerse en la carrera, porque en esos casos la sensación de que algo extraordinario nos estamos perdiendo es mucho mayor. A las aulas llegaron las pantallas digitales. No instalarlas era motivo de refriega entre políticos porque nuestros niños de primaria «con toda seguridad» se estaban perdiendo el futuro.

Desde hace ya unos años, distintos comportamientos y declaraciones de personalidades a la cabeza de la revolución tecnológica, cuando menos, deberían suponer una llamada a la reflexión. ¿Por qué eso que nosotros perseguimos con desasosiego ellos recelan en dárselo a sus hijos?

Colegios de Silicon Valley sin ordenadores

En su día supimos que Bill Gates, creador de Microsoft, indicó que en su casa se limitaba el tiempo de acceso a la pantalla de sus hijos. No tenemos los teléfonos en la mesa cuando estamos comiendo y no les dimos móviles hasta que cumplieron los 14 años”, afirmó en 2017, según se recoge en un artículo publicado en el diario El País.

En el mismo periódico, leemos: “En casa limitamos el uso de tecnología a nuestros hijos”, explicó Steve Jobs, creador de Apple, en una entrevista en The New York Times en 2010, en la que aseguró que prohibía a sus vástagos utilizar su recién creado iPad.

La cosa no se queda ahí. Como si de una especie de ateísmo tecnológico se tratase, nos dicen: No creemos en la caja negra, esa idea de que metes algo en una máquina y sale un resultado sin que se comprenda lo que pasa dentro. Si haces un círculo perfecto con un ordenador, pierdes al ser humano tratando de lograr esa perfección. Lo que detona el aprendizaje es la emoción, y son los humanos los que producen esa emoción, no las máquinas”. Quien así se manifiesta es Pierre Laurent, padre de tres hijos e ingeniero informático en Microsoft, entre otras empresas, y en la actualidad presidente del patronato de un colegio de Silicon Valley en el que no está permitida la introducción de la pantallas en las aulas hasta los niveles de secundaria. Colegio en el que curiosamente estudian hijos de directivos de algunas de las más grandes empresas tecnológicas de la zona. Tiza, pizarra, lápiz, sacapuntas y papel, como hace ya unas décadas.

Estas informaciones recogidas en El País y otros medios de comunicación inciden, básicamente, en la creatividad (o en su posible ausencia), la comodidad –esa aplicación que todo lo resuelve y para ello solo tengo que saber qué tecla debo pulsar- o a la frustración, cuando un problema no se resuelve a la primera, porque no encontramos la aplicación que nos dé la solución.

Desde la cuna, una puerta abierta al mundo adulto

Otro aspecto a considerar es esa puerta que los dispositivos electrónicos tipo ordenador, móvil o Tablet abren al niño al mundo adulto, un mundo que le llega de súbito, sin ningún tipo de transición. Se habla estos días de acceso a contenidos de adultos, pero -más allá de ese delicado tema- estos dispositivos son también la ventana al mundo de los mayores, sin experimentación y sin aprendizaje.

A los 16 años un joven ha buceado mucho en el mundo adulto a través de las redes sociales y de las tecnologías de la información, después de haber pasado de puntillas por su etapa infantil. En algunos aspectos podríamos decir que a los veinte años le queda demasiado poco por explorar. El territorio del desencanto – tras una infancia robada o sustraída-puede estar demasiado próximo.

Nunca volveremos a cruzar el mismo río ni a vivir el mismo día. Por eso, la respuesta a estas situaciones nos la irá dando en tiempo. Entre tanto, parece oportuno actuar con cierta cautela en casa y en las aulas, ante semejante profusión tecnológica al alcance de la mano.

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