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Mamá y papá, árbitros en nuestras peleas infantiles de hermanos

Las relaciones entre hermanos y hermanas en la infancia son fuente de enormes satisfacciones pero también lo pueden ser de frecuentes roces si no se encauzan adecuadamente. En ese aspecto es fundamental la labor de la madre y el padre, una especie de árbitros que, para esos momentos, deben establecer unas pautas encaminadas a que la convivencia entre sus hijos e hijas se refuerce, en lugar de agrietarse.

Para que la cosa vaya bien; es decir, para que la armonía entre ellos se mantenga dentro de unos límites satisfactorios, lo primero que han de procurar los padres/madres es no ser parte del conflicto. Para ello se te recomienda que:

  1. No establezcas comparaciones entre tus hijos. Cada uno es único y especial. No se trata por tanto de generar un modelo o una solución única.
  2. Prestes la misma atención a todos ellos y, más importante todavía, que ellos perciban que reciben el mismo trato y afecto. De nada vale esforzarnos por tratar de ser equitativos y que ellos no lo sientan así.
  3. Refuerces los vínculos familiares e incentives acciones y eventos que generen un clima de comunicación y colaboración en casa.
  4. Les dejes su propio espacio cuando se lo estén pasando bien entre ellos/ellas. En esos casos, el árbitro/la arbitra deja jugar y disfruta desde fuera del clima de armonía que en ese momento se respira entre los hermanos/as. Ya habrá tiempo, cuando se cansen de participar, de mediar o reavivar el juego.
  5. Incúlcales valores de colaboración y cooperación entre ellos/ellas. Estimúlalos a que actúen en equipo.

Aparece el conflicto: llega el momento de mediar

En este caso, no todo es tan fácil como: pitar falta del infractor, dar el balón a su “oponente” y ordenar que siga el juego. En todo caso, hay que actuar. Ellos y ellas esperan que lo hagas y, seguramente, con una decisión que les favorezca.

Diálogo

El conflicto siempre es mejor desactivarlo que sofocarlo o desintegrarlo con reacciones tales como: “Se acabó. Vega eso para acá, ni para uno ni para otro”.

Atiende sus quejas –les darás a entender que, aunque parezcan nimias a los ojos de un adulto, te interesan-, también la de aquel que aparentemente no tiene razón, porque en su interior siente que le asiste también.

En esos casos, puede ser muy positivo establecer con los ellos/ellas un diálogo:

  1. ¿Qué ha pasado?
    1. Que cada cual me cuente su versión
    1. Me exponga por qué cree que tiene razón.
    1. Que solución aplicaría al caso.

Con esto solo ya es posible que se desinfle bastante el conflicto; pero si no, cada uno irá aprendiendo a ver y escuchar puntos de vista diferentes y a pensar si realmente estaba siendo justo/justa en su reivindicación.

Cuando la diferencia de edad es apreciable o sea imposible establecer un diálogo con el/la menor, seguramente tenga que ceder el mayor. En ese caso, no debe entenderlo como un imperativo de la madre o el padre para favorecer al pequeño, sino como una decisión generosa suya que le es reconocida y valorada.

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