Alfareros de la aldea de Llano de Jesús en el valle del Motagua

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Visitamos Llano de Jesús, una de las 21 aldeas pertenecientes a la municipalidad de San Agustín Acasaguastlán (El Progreso-Guatemala). Llano de Jesús tiene una reconocida tradición alfarera, casi centenaria, en contraste con un entorno en el que predomina la actividad agrícola, la cual, por la aridez del terreno, deja de ser rentable más allá de las tierras próximas a la ribera del río Motagua.

Es el caso de esta población, que, situada en la falda de la Sierra de las Minas, no disfruta de los beneficios del caudal del Motagua para el riego y tampoco su terreno es de los más productivos. Por eso, hacia finales de la primera mitad del pasado siglo XX, decidieron apostar por la actividad alfarera, sin más pretensiones que las de elaborar productos para el hogar de consumo masivo, como son ollas y comales, pues su mercado natural estaba –y sigue estando- en las poblaciones del entorno. Aunque hay familias que elaboran también macetas, floreros y otros utensilios que les demandan.

Alfarería tineca

A la entrada de la aldea, en una de las paredes de una pequeña construcción puede leerse claramente: “Bienvenidos al riconcito de Llano de Jesús. Alfarería tineca”, en referencia a su pertenencia a la municipalidad de San Agustín Acasaguastlán. Si el rótulo nos pasa desapercibido, no debemos de preocuparnos. Las señales de la actividad artesanal van saliendo a nuestro encuentro a medida que nos adentramos en el poblado, en forma de pequeños talleres familiares, a veces en la propia casa, o de áreas de secado, zonas en las que el producto se expone al sol, cuyos rayos implacables hacen innecesario el uso de ningún tipo de horno para este menester.

Proceso de secado al sol

Tras la exposición al sol -veinticuatro horas suele ser suficiente- el comal y la olla habrán adquirido la consistencia necesaria y solo restará someter el producto a un proceso de quemado, tanto por la superficie externa como por la interna. Después de esto, la pieza quedará disponible para su uso o venta.

Doña Nico le muestra la técnica a nuestra reportera Lesli Vargas

Economía y aprendizaje

En la actualidad viven de la producción alfarera unas 200 familias, según nos comenta doña Rosa Olivia Castañeda, que lleva toda su vida entre barro, ollas y comales. “En esta actividad nos iniciamos todos muy pronto, de niños, porque hay que ayudar a la familia y, al mismo tiempo, se va aprendiendo el oficio”, comenta, Rosa, que nos hace de guía por en este recorrido por el proceso de elaboración de sus productos de alfarería.

Barro, agua y cascahuin o cascagüín

Tres son los elementos que necesarios para la elaboración de la cerámica: barro (también le dicen lodo), cascahuin o cascagüín y agua. Y los tres se pueden encontrar en la zona. “Lo primero es la materia prima para elaborar las piezas. El barro negro –característico de Llano de Jesús- lo extraemos del Cerro”, explica doña Rosa Olivia, mientras extiende el brazo en la dirección en la que se encuentra este promontorio próximo a la localidad. Si nos asomamos, a simple vista se aprecian las dentelladas que va dejando la extracción sobre su superficie, confirmado una actividad de muchos años.

El otro producto esencial es el cascahuin o cascagüín. Puede encontrarse en distinta pigmentaciones, desde el blanco puro hasta el marrón. Con él, la mezcla adquiere la elasticidad y la adherencia necesarias para dejarse modelar según la forma que la pieza a elaborar requiera. También permite que, una vez finalizado el proceso de secado, el producto final consiga la «consistencia necesaria y no se raje o quiebre fácilmente», nos comentará también doña Nico, otra señora que también nos atiende en esta visita a Llano de Jesús.

Si su pigmentación es de color blanco, al mezclarse con el barro negro, la pieza resultante será de un color grisáceo, aunque luego, en el proceso de quemado, el tono resultante tenderá también al ocre, no tan acusado como si el cascahuin (cascagüin) es ya marrón.

El tercer elemento es el agua, aunque no por orden de uso. El primer paso consiste en añadir el líquido elemento al barro. Una vez hecha la masa, se va añadiendo cascahuin o cascagüín hasta conseguir la textura y elasticidad adecuadas. A pesar de la aridez del terreno, el agua no es problema en Llano de Jesús. La obtienen del río Hato, que pasa a su vera en un rápido descenso desde su nacimiento en la aldea Los Albores, parte alta habitada de la Sierra de las Minas, hasta su desembocadura en el Motagua.

Doña Rosa, en la fatigosa tarea de hacer la mezca.

La práctica, más dura que la teoría

La práctica siempre añade ciertas dificultades, como bien nos explica doña Rosa, madre de cuatro hijos: dos varones y dos mujeres. Los cinco viven en la casa con la madre de ella, por lo que la familia se compone de 6 miembros.

La primera dificultad, según nos comenta doña Rosa, radica en la extracción y transporte del producto. “Esto último es más complicado para las familias que no disponemos de carro. Nosotros tenemos que pagar el transporte, lo que encarece el producto; y otras familias lo jalan en carretas, una tarea bien pesada que necesita personas adultas para el arrastre”, explica.

En el Cerro, además de barro, pueden extraer cascahuin o cascagüín; pero este mineral muchas familias van a buscarlo a la aldea de El Vado, porque, como nos asegura doña Nico, “es de más calidad” Y añade: “El barro del Cerro es bueno y el cascagüín también; pero el cascagüín de El Vado es mejor porque no ´truena´. El que ´truena´ no funciona bien”, nos aclara, dando a entender la amable señora que al removerlo entre los dedos no hace ruido, porque tiene una textura muy molida, fina y uniforme. «Si el cascahuin no tiene la calidad suficiente, el comal o la olla no tendrán la consistencia necesaria y se irán deshaciendo en arenilla poco a poco», insiste doña Nico, de 63 años, madre de 4 hijos (2 varones y 2 mujeres). Actualmente vive con uno de ellos y tiene a su cargo también 3 nietos, huérfanos de madre.

El modo de trabajar en la aldea es individual. No hay una cadena de producción y comercialización. Cada familia elabora sus propios productos, en las cantidades estima oportuno o tiene a su alcance elaborar y darles salida.

Doña Nico, haciendo una demostración para InfantiaN

Hacer la mezcla, resulta fatigoso

“Amasar el barro” o hacer la mezcla es una tarea ardua, por el esfuerzo de brazos que exige y también por las altas temperaturas que se dan todo el año en la zona. Doña Rosa echa de menos en esta labor una “una máquina mezcladora, que nos permita hacer mecánicamente este proceso que hoy tenemos que realizar a mano”. Nos lo comenta mientras hunde una y otra vez sus manos en un pequeño montículo de barro, que va mezclando adecuadamente con agua y cascagüín hasta conseguir la pasta uniforme que se requiere para la elaboración del producto.

Por lo general, a la mezcla hay que darle forma lo antes posible. “Puede quedar de un día para otro, pero a condición de que esté muy bien tapada, porque, de lo contrario, se pone dura y no sirve”, apunta doña Nico.

Llega el momento del modelado. Para ello se utilizan unos moldes sobre los que se extiende la mezcla informe. Con la destreza de unas manos y unos dedos que se deslizan ágiles sobre el barro, siguiendo caminos no marcados que la sensibilidad y experiencia han grabado en la memoria de la alfarera, esta va elaborando la pieza. Veinticuatro horas de secado, mínimo, y lista para el proceso de quemado, en el que acabará de adquirir la consistencia necesaria y su superficie una textura más satinada.

Comercialización

Por último, llega el momento de la comercialización, objetivo último de todo el proceso, porque constituye el medio de vida de esta aldea ubicada al pie de la Sierra de las Minas. “Nuestros puntos de venta son los mercados de San Agustín Acasaguastlán y también Zacapa (departamento colindante con el de El Progreso, al que pertenece San Agustín)”, explica doña Rosa, aunque reconoce que “la competencia es grande, por lo que en ocasiones tenemos que ver en qué otros lugares podemos vender. A veces también se acercan algunas personas por aquí a comprar, pero lo más habitual es vender en el mercado”.

Doña Nico y nuestra reportera Lesli Vargas nos muestran el comal terminado

Al ser un proceso totalmente familiar: extracción, elaboración y venta, doña Nico confiesa que el oficio “es muy agotador. Vamos sacando para vivir, pero no podemos parar nunca porque no nos permite tener ahorros”, se lamenta la enjuta y vital señora.

Acceso a la aldea. Nos despedimos de Rosa y de doña Nico, que nos han atendido por separado, no sin antes agradecerles su amabilidad. La aldea Llano de Jesús está próxima al núcleo urbano de San Agustín Acasaguastlán, por lo que desde la ruta del Atlántico se puede acceder a este enclave alfarero a través de la carretera que conduce a la cabecera de la municipalidad.

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