Llano de Jesús, alfareros de la generosidad

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Sabía de la tradición alfarera de Llano de Jesús y una vez en San Agustín Acasaguastlan no podía dejar de lado una visita a esta aldea del municipio tineco. Era una curiosidad personal, porque ya antes habíamos publicado un artículo sobre la Alfarería de Llano de Jesús. Así que realicé una visita a los alfareros de Llano de Jesús.

La aldea está a unos 4 kilómetros de San Agustín. El acceso en coche es a través de un puente sobre el río Hato, por una pista que se inicia en asfalto pero que pronto continúa de tierra. Nos adentramos de la montaña. Las vistas son magníficas.

Mejores tiempos pasados

El tuc tuc me deja en las primeras casas de LLano de Jesús. Tienen un buen aspecto, como de un nivel de vida por encima de la media del municipio. Pero cuando seguimos la ruta de los talleres de alfarería, guiados por los vecinos, tenemos la impresión de que los mejores tiempos de esta actividad tal vez hayan pasado, a no ser que se busquen nuevos enfoques.

La elaboración de comales y ollas –por más que se hagan 3 docenas al día, a 5 quetzales la pieza- no es suficiente para una familia numerosa. Eso salta a la vista echando una mirada al entorno.

La familia que nos atiende nos habla de su actividad. Elabora las piezas que comerciantes de mercados locales se llevarán para su venta, por lo que el precio para el alfarero o la alfarera puede ser menor de los 5 quetzales (apenas 60 céntimos de euro).

Barro y cascagüin

Nos explican sus tareas. Obtienen el barro en cerros cercanos, pero el cascagüin (o cascahuín) tienen que ir a buscarlo más arriba en la montaña. Han de ir a caballo. Traen 4 sacos en cada viaje y la operación se repite cada 2 días. Es el tiempo que les dura el producto. El cascagüin puede ser blanco o de color rojo u ocre.

Además de extraerlo de la montaña y llevarlo al taller, el molerlo resulta trabajoso, porque, como nos decía doña Nico en otro artículo, hay que triturarlo hasta el extremo de que al tomarlo entre los dedos “no truene”; es decir, sea pura harina. En ese momento se considera que esta apto para mezclar con el barro.

Solo escuela de primaria

Llano de Jesús tiene una escuela primaria. Los niños, finalizado ese ciclo, deben acudir a San Agustín, para realizar lo que denominan nivel básico. No hay transporte público, por lo que la mayoría de los niños y niñas de la aldea deben realizar el recorrido andado.

Habitualmente el problema lo constituyen las altas temperaturas de la zona,
especialmente al regreso. Por si no tuviesen ya suficientes elementos disuasorios de carácter socio-económico para abandonar los estudios prematuramente, este es uno más.

Talento desaprovechado

La otra cuestión es la destreza, podría decirse también talento, de la matriarca de la familia para deslizar sus dedos sobre el barro y elaborar comales y ollas cada vez más en desuso, porque, como ella misma reconocía, para hacer tortillas de maíz, se están imponiendo últimamente las planchas metálicas, calentadas a gas.

Por supuesto que es válido el argumento de que no pueden compararse unas tortillas hechas de esta manera que otras cocinadas sobre un comal de barro y fuego de leña. Pero la experiencia nos dice que la plancha metálica acabará imponiéndose. Ha ocurrido en otros órdenes culinarios.

La actividad alfarera en Llano de Jesús languidece y el talento de estas personas desaparece, cuando la solución podría estar en el salero; es decir, en una actividad más adaptada a los tiempos actuales y a nuevos mercados, porque ningún visitante se puede llevar como recuerdo un comal de 60 cm de diámetro, pero también se requeriría un sector turístico fuerte.

A punto de marchar, dejo pagado el precio de unos comales con la promesa de regresar a buscarlos tal vez en alguna ocasión futura, porque son muy grandes para trasladar en un largo viaje. Aunque sé que esa oportunidad difícilmente se va a dar. Además, en España no hacemos tortillas de maíz.

Es más que nada un gesto por la atención recibida de estas personas, que me explican sobre su actividad.

Generosidad

En ese momento la familia busca por todos los rincones una pieza más pequeña que me quepa en la mochila y que me pueda llevar. No ven lo qué. Hacen comales y ollas bien grandes, por lo general de unos 60 cm de diámetro los primeros.

Pero al poco tiempo llega la hija de dentro de casa con un recipiente pequeño de barro, que puede ser un salero, como dice ella, o servir para un uso similar.

Tuve la sensación de que le había vaciado el contenido que llevaba dentro para poder ofrecérmelo, que habían sacado su corazón para darme un trocito. Me sentí abrumado por el gesto de estos alfareros de la generosidad de Llano de Jesús. 

Marcho preocupado, deseándoles suerte y que alguien guíe el talento de estas personas para que pueda ser aprovechado como se merece y que los niños tengan un acceso más fácil a la formación.

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