Cuando aprender a montar en bicicleta era una pequeña odisea

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Las estadísticas cuentan que el deporte de la bicicleta es uno de los más practicados en los países occidentales durante la infancia. No a nivel federado, sino como ejercicio habitual. Raro es el niño/niña que en sus primeros años no tiene o tuvo un triciclo o una bicicleta de «ruedines».

Hoy en día, hay una amplia gama de bicicletas para las distintas etapas de crecimiento del niño/niña o adaptables a su estatura con una mayor o menor extensión de los tubos. Al mismo tiempo, suelen incorporar unos ruedines laterales que en los primeros días ayudan a los pequeños a guardar el equilibrio o a mantener la posición vertical.

La confianza de sentirse en cierto modo protegido/a contra las caídas con este aparataje adicional, siempre ayuda en el aprendizaje, aunque en las escuelas de ciclismo no se usan porque se considera que hay métodos más prácticos y, con la supervisión de un monitor, igualmente seguros.

Depende un poco de la decisión y de la destreza, pero pronto el niño/niña se deshace del ruedín de un lado y a continuación del otro para, sin darse cuenta prácticamente, empezar a rodar con soltura por sí solo/a. No sabemos si este método deja recuerdos firmes de esta etapa de aprendizaje.

Escuela de Ciclismo Club Ciclista Vigués

Aprendizajes en bicicletas de adultos

En otros tiempos había que aprender a montar en bici utilizando la de un adulto, si se tenía la suerte de disponer de una. No quedaba otra que ingeniárselas para introducir una pierna entre los tubos del cuadro al objeto de colocar un pie en el pedal del lado opuesto.

En una posición más propia de equilibrista, se daba una arrancada vigorosa y se aprovechaba el impulso para colocar el otro pie en el pedal del lado del ciclista. Al mismo tiempo había que estirar los brazos todo lo posible para para intentar llegar al amplio manillar y, en esa posición forzada, ya era casi un imposible abarcar con las pequeñas manos las manetas del freno.

Yincana Club Ciclista Teis

Cuesta abajo sin pedales

Otras veces, elegíamos terrenos con leve pendiente y algo de hierba al final. Aprovechábamos la altura de una piedra para sentarnos sobre el sillín de la bicicleta, nos impulsábamos ligeramente y dejábamos que la bicicleta fuese acelerando poco a poco, con uno de nosotros encima y con las piernas colgando porque no llegábamos a los pedales.

Recordaba un poco a los rodeos, donde el vaquero monta el potro y todo es cuestión de saber cuánto tiempo aguantará sobre la grupa del animal. Aquello siempre acababa en caída, pero buscábamos un lugar tan mullido como fuese posible, por nuestro bien y el del propio vehículo, por lo general de hierro. A fuerza de caer y volver a intentarlo, conseguíamos guardar el equilibrio.

Conseguir cruzar una y otra vez el área de aprendizaje sin caer, significaba que dominábamos el equilibrio. Ya solo nos quedaba crecer para llegar a los pedales (!). El hecho de conseguir mantener el equilibrio después de unas cuantas caídas, internamente, para cada uno de nosotros constituía una gran proeza, que difícilmente olvidaríamos.

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