Aquellos alegres pájaros que trajo la primavera

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Son recuerdo ya aquellos alegres pájaros que trajo la primavera. Atrás quedan los días largos y luminosos, de temperaturas suaves, el revoloteo y la algarabía de las nuevas nidadas de pájaros recién salidas de sus pajareras, ávidos por surcar los cielos y explorar nuevos lugares. Cada jornada de los primeros días de la primavera se iniciaba con una especie de ritual en el que los propios pajarillos parecían asombrados del poder de sus alas, capaces de elevarlos, suspenderlos en el aire, trasladarlos en sus vuelos alocados e impetuosos de esa juventud en la que todo el tiempo parece poco para lo mucho que hay por explorar.

El sol por encima de los tejados

El sol asomaba temprano por encima de los tejados e incidía sobre la vegetación alta, no cultivada, de una finca próxima a casa, donde crecen a su antojo un cañaveral, helechos, en el extremo norte, de un lado, un sauce llorón y, del otro, una araucaria; más al fondo, un pequeño parque y en medio un sauce. Por un extremo un chalet con el césped bien cuidado, una piscina desmontable, una portería y un balón, que los abuelos prepararon para las vacaciones de los nietos que este año vinieron poco. Y cierran el perímetro de este escenario de los primeros vuelos de los pajarillos unos edificios de seis o siete plantas y un pequeño palacete o pazo de suntuoso pasado y hoy un tanto deteriorado por cierto abandono.

Decenas de pájaros

Aquella primera y brillante luz de la mañana despertaba a los insectos que pasaban la noche entre la vegetación de la finca y les secaba el rocío. El contraluz trazaba rayos directos e intensos a través del aire, haciendo visibles las partículas en suspensión y también a los insectos sobre los que se lanzaban los pajarillos, atrapándolos en pleno vuelo. No encuentro otra razón a tanto frenesí. Decenas de pájaros diseñaban trayectorias en todas las direcciones. Vuelos frenéticos con quiebros continuos, acompañados de sonoros trinos.

Amaneceres sin aleteos

La escena se repetía cada mañana, brevemente, durante unos diez minutos. Luego los pájaros desaparecían hasta el día siguiente, y un día desaparecieron para siempre. Ya no vuelan sobre la finca al romper el sol. Los amaneceres, mucho antes de que el tiempo refrescase y de que apareciesen las primeras lluvias del final del verano, se han quedado sin aquellos aleteos y agudos trinos de primavera.

Alas cortas

No sé si los pajarillos habrán volado lo suficientemente lejos como para librarse de estas lluvias, aunque no parecían ser aves migratorias. Sus alas semejan demasiado cortas para afrontar largos desplazamientos. No hablo de gaviotas ni palomas, que también suelen establecer colonias estables en las ciudades, ni de mirlos, sino de gorriones, verderones, entre otros, que se adaptan bien a los núcleos urbanos.

Pájaros libres

Parece más probable que se hayan distribuido por los árboles y los parques de la ciudad. Algunos, puede incluso que se hayan ido para el campo. Sería agradable saber que no se han marchado muy lejos, aunque tratarán de fijar su residencia allí donde más fácil les resulte encontrar su sustento. En ese sentido lo tienen más fácil que las personas, pues poco hay que los ate a un lugar.

De paso

Ahora sigue habiendo pájaros, pero sólo se ven de vez en cuando o de paso, cruzando la finca hacia otros parajes, deteniendo a veces su vuelo en los aleros de los tejados o en las barandillas de las terrazas, siempre avizores, siempre nerviosos, huyendo de los reflejos y de las sombras, guiados por su instinto de supervivencia. Puede también que se refugien en los árboles de las calles menos ruidosas.

Nuevas nidadas

Posiblemente, nuevas nidadas vuelvan a surcar la finca con sus aleteos el próximo año para darle un brillo especial -sentido, diría- a la nueva primavera. Y cada jornada, al asomar el sol por encima de los tejados, volverá a revolotear delante de mi ventana una bandada de pajarillos, llenando la atmósfera de agudos trinos como un manantial de vida. Más silenciosas eran aquellas golondrinas que en mi infancia y adolescencia venían a anidar puntualmente al granero de mis abuelos, hasta que un año no regresaron.