Estado del bienestar y los vasos comunicantes

0
257
Un paraguas nunca suficientemente grande para el estado del bienestar

No es fácil sincronizar el estado del bienestar y la teoría de los vasos comunicantes. El tan comentado estado del bienestar constituye una legítima aspiración, pero su cristalización, en la versión más idílica, se tropieza con la teoría de los vasos comunicantes. Cuanto antes se lo transmitamos a la infancia y esta pueda asimilarlo, antes estará preparada para los retos que siempre plantea la vida.

Si nos lo proponemos, el reino de los cielos, cabe imaginarlo infinito; pero otra cosa es el estado del bienestas. En el estado del bienestar que diseñamos en el planeta tierra –o tal vez en los países occidentales- no cabríamos todos, por más que nos empeñásemos o por más que nos apretujásemos a semejanza de las piezas de un rompecabezas. Decir lo contrario resulta declaración interesada por parte del pregonero.

Por estas razones, será bueno enseñar a los niños a mirar con cautela al estado del bienestar si no queremos que se creen falsas expectativas. Incluso en los oasis más selectos del estado del bienestar (países más ricos) se abren grietas que remarcan áreas sombrías perceptibles a simple vista.

Estado del bienestar y vasos comunicantes

Es difícil que el estado del bienestar pueda cristalizar como aspiración real, porque, según la teoría de los vasos comunicantes, un líquido distribuido sobre compartimentos adosados entre sí y con un canal que permita el flujo del volumen entre unos y otros, tiende a nivelarse en altura en todos ellos. Para ello se trasvasará automáticamente líquido de los compartimentos que tienen un nivel de llenado más alto y a otros más vacíos. Estaríamos ante la igualdad absoluta.

Llegamos a igualdad absoluta. “¡De eso se trata!”, dirán muchos, por lo general, aquellos más propensos a arrimar su compartimento a otros que están más llenos. Si esos compartimentos los enlazamos a nivel mundial, veremos que los de la inmensa mayoría de los habitantes de los países ricos, también bajaran su nivel. Y eso es más dificil de aceptar, porque la aspiración es más bien la contraria: tomar líquidos de los de mayor volumen en altura y no cederlo.

Enlazar cuentas bancarias

Siguiendo con la teoría de los vasos comunicantes y buscando la igualdad, podríamos sustituir la palabra líquido por dinero o capital. Sería como comunicar o enlazar cuentas bancarias a nivel global de modo que todas se situasen al mismo nivel para alcanzar un estado del bienestar universal. La aspiración máxima. Un nuevo paraíso terrenal.

En la práctica, la experiencia nos dice que esto sería imposible. La primera reacción a esta medida sería la tratar de hacer un compartimento más ancho para que aun acumulando un gran volumen, el nivel siguiese bajo. Así, en lugar de ceder líquido (dinero), poder seguir recibiendo, incluso de los que tienen menos, pero guardado en una estructura más alargada y estrecha.

Eludir obligaciones

También habría quien tratase de crear un segundo compartimento debajo del oficial para pasarle líquido. Al quedar oculto, lo acumulado en este estanque no contabilizaría en las permutas. Otra opción, colocar el orificio de salida más alto que el de entrada, con el mismo objetivo de captar lo más posible y ceder muy poco o nada, siguiendo la teoría de los vasos comunicantes.

Son razones por las que el estado del bienestar hace aguas. Se miraría mucho el poner el compartimento propio al lado de los de mayor volumen y daría más reparo pegarlo a los más vacíos. Y entre estos todos -como la realidad nos enseña- pueden estar, perfectamente, los defensores a ultranza del estado del bienestar universal. Todos las defensas absolutas son en sí mismas un error.

La felicidad individual es compleja y más la colectiva

Además, el concepto, un tanto ambiguo, que engloba la expresión estado de bienestar puede ser de inicio ilusionante, pero también una carga de frustración del medio plazo en adelante.

Ya la felicidad individual es una cuestión compleja, cuanto más la colectiva. Por eso, pretender crear un estado de bienestar, una casa en la que todos nos encontremos a gusto, puede ser una aspiración encomiable desde el punto de vista teórico, aunque poco práctica.

Para unos esa construcción será un palacio, pero para otros una cárcel o sencillamente un manicomio de individuos “felices” que en cierto modo han renunciado a vivir.

Un traje uniforme para la humanidad

Parece una quimera pretender construir un traje uniforme para el conjunto de los seres humanos, pensando en un ente con un patrón físico y mental idéntico. También resultaría igualmente difícil crear un traje capaz de adaptarse a la vez a todas las particularidades de cada individuo, por muy elástico que resultase.

La cuestión es que con frecuencia perdemos la perspectiva humana de la persona como elemento diferenciado. Y eso nos pasa a nosotros, que criticábamos a aquellos padres autoritarios que querían que sus hijos siguiesen su patrón de vida de “éxito”. Algunos podían, pero otros no, entre otras cosas porque sus metas estaban las antípodas de los deseos de sus progenitores.

Vida de balneario

La idea del estado del bienestar, una especie de vida de balneario continua, además de resultar utópica aplicada a toda la humanidad, frena significativamente la iniciativa del individuo o, dicho de otra manera, esa opción que debe permanecer abierta a que pueda cometer -con cierto control- sus errores o, en definitiva, vivir su vida.

Una vida demasiado dirigida traslada al individuo a un mundo tan tibio como artificial donde no hay ni frío ni calor, al mundo de la sonrisa permanente, del no dolor, de la felicidad perpetua, tan falsa como frustrante en el medio plazo.

Frustración permanente por evitar la puntual

Este modelo de vida se transmite a los niños -nuevas generaciones-, a los que para evitarles una posible frustración puntual, los arrastramos a una frustración permanente, porque van perdiendo parte de su iniciativa, de su inquietud por explorar –el camino recorrido por el explorador en ocasiones es más excitante y enriquecedor que el propio hallazgo o descubrimiento- y de su capacidad para asumir retos.

Estado del bienestar finito

No cabemos todos en el estado del bienestar, entendido este como un mundo feliz de huertos llenos de frutas todo el año y vidas de sueños colmados. No podemos arreglar lo de todos sin reparar lo de uno. Centrémonos en el ser humano, en el niño/a, potenciemos todas sus capacidades de desarrollo positivas.

Dígaseles a los más jóvenes que en camino es fácil que encuentren dificultades, desde el primer día de andadura; pero que es parte de la vida, incluso parte de la gracia de la vida.

Sobreponerse a las frustraciones

No queramos evitar todas las frustraciones que los jóvenes pueden encontrarse en su camino. Una decepción puntual puede ser un acicate para reemprender la marcha con nuevos bríos. No digamos que la vida no debe de doler, porque si es así, cómo vamos a apreciar y valorar su ausencia.

Hemos de ayudarles a ser capaces y aceptar que el dolor es un componente natural de ese proceso mágico que es la vida, pues por lo general, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure o que por bien no venga.

Debemos disponer de los recursos suficientes para amortiguar ese dolor o de los mecanismos físicos y mentales para superarlo; pero cerrarle todas las puertas, tratar de evitarlo a toda costa, es renunciar en cierto modo a vivir o forzarlos a vivir una vida anestesiada.

Vender felicidad absoluta es solo a beneficio del pregonero.

No llueve café

Tampoco debemos olvidar que el líquido de los vasos comunicantes no procede de la lluvia, ni de un manantial inagotable. Ese líquido (riqueza) hay que generarlo continuamente, día a día. Y esa es otra cuestión que deben ir aprendiendo poco a poco los niños.