A veces llamamos racismo al fanatismo y al odio

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El racisno, una lacra social a combatir

Racismo, o aquello que llamamos racismo, muchas veces es tan solo fanatismo y odio. Un incidente en un partido de fútbol de La Liga española disputado entre el Valencia y el Real Madrid, con el jugador Vinicius Junior como principal protagonista, ha vuelto a poner de actualidad este tema que, cuando no está en plena vigencia, se mantiene subyacente, en estado de latencia, dispuesto a aflorar a la menor oportunidad.

El suceso tuvo alcance internacional. Algunos dicen que por la dimensión mediática del futbolista y de su club, el Real Madrid. En parte puede ser, pero sobre todo habría que mencionar la firmeza de Vinicius Junior a la hora de denunciar el hecho, la firmeza con la que extendió su dedo acusador contra dos simpatizantes del conjunto local que habían sido los que habrían proferido gritos racistas y habrían realizado gestos en el mismo sentido.

¿Racismo o fanatismo y odio?

Nadie había extendido su dedo con semejante rotundidad, nadie perseveró tanto en su denuncia y ante tanta gente cuando compañeros de equipo, rivales y el propio árbitro le decían que se olvidase del incidente. Eso influyó grandemente a la hora de dar difusión mundial al suceso.

La cuestión sería saber si este desagradable acontecimiento es un reflejo del racismo que hay en el mundo o del fanatismo y el odio que subyace en la sociedad en cualquier latitud del planeta, como se está viendo; más incluso que en el individuo, porque este, fuera del amparo de un entorno social propicio, suele ofrecer conductas más moderadas.

¿Podemos hablar de racismo cuando en un terreno de juego coinciden hoy en día futbolistas blancos y negros que pertenecen, por lo general, a los dos equipos contendientes y el trato es desigual aun perteneciendo a la misma raza? ¿Podemos hablar de racismo cuando el ídolo de una afición puede ser un jugador negro, mientras al del equipo rival se le zahiere (cuando menos se trata, porque no ofende quien quiere sino quien puede) con palabras y gestos que pretenden dejar patente la supremacía de una raza sobre otra, especialmente si ese adversario, por sus dotes atléticas, constituye una amenaza para los intereses deportivos del equipo rival?

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Fanatismo y odio en todas partes

Más que de racismo, en estos casos tal vez sería conveniente hablar de fanatismo y de odio, fenómenos que se suelen asociar con acontecimientos de masas, donde la rivalidad es un factor muy principal. Por eso los estadios de fútbol, que concentran grandes cantidades de personas, suelen ser escenarios en los que se da el caldo de cultivo para que estos arrebatos de fanatismo y odio afloren con gran intensidad.

Pero eso no es algo de lo que el aficionado se carga en el momento de traspasar el marco de la puerta del estadio para acceder al partido. Esa carga la lleva de fuera en estado de cierta latencia el seguidor (más radical) que accede al campo de fútbol. Es algo que está en la calle, en la fábrica, en la oficina, en la religión, muy especialmente en la política… e incluso en el colegio, si nos atenemos a los casos de acoso que se dan entre alumnos a edades bien tempranas.

Fanatismo y odio, instrumentos para un oscuro objetivo

Es como si el individuo tuviese un gen que se activase de un modo desmesurado en ciertos entornos favorables para su desarrollo. Hablamos de fanatismo y de odio, en el fondo, instrumentos a disposición de un objetivo, porque no son un fin en sí mismos.

Son herramientas para conseguir unas metas –a veces inconfesables- que requieren del aplastamiento del rival, ya sea física, moralmente o de ambos modos a la vez.

Una guerra incomprensible en Europa

Hoy tenemos una guerra en Europa. Se lo contamos a un extraterrestre y tal vez no lo crea. Pero sí, en Europa, en el siglo XXI, hay una guerra creada de un modo muy artificial por un septuagenario, que a esa edad debería intentar aportar sosiego al mundo y no avivar la llama del fanatismo y del odio solo para su provecho, esencialmente, para alimentar su megalomanía, porque si buscara el beneficio de su pueblo y sus gentes nunca hubiera iniciado ese ataque a un país vecino, que está causando muchas muertes y llevando mucha miseria a ambos bandos.

Podemos hablar de racismo, pero en realidad es fanatismo y odio, herramientas empleadas para aplastar física y anímicamente a una persona o colectivo, con el objetivo de imponer una voluntad personal o grupal.

Volviendo al caso Vinicius

Volviendo al caso Vinicius Junior, un joven que llegó a España desde su país natal, Brasil, con la vitola de estrella en ciernes. Pronto llamó la atención de medios de comunicación, seguidores y rivales en el terreno de juego y en la grada.

Su forma de jugar, ceñida a una zona muy concreta del campo, permitía marcajes muy selectivos y estrechos. Por unas cosas y otras, los comienzos del futbolista no estuvieron a la altura las expectativas, no fueron muy buenos para sus intereses ni para los de su club y llegaron las primeras mofas: “¿y Vinicius p`a cuándo?”, solían decir algunos.

De una temporada para otra, su rendimiento creció de manera exponencial, viéndose sometido cada vez a marcajes más severos por parte de los adversarios, que no se andaban con contemplaciones a la hora de intentar frenarlo. Esto dio lugar a situaciones complicadas. Los árbitros, en ocasiones muy permisivos, desataron la exasperación del jugador –que también se enciende con enorme facilidad-, contribuyendo a la proliferación durante todo el año de polémicas continuas.

Herir sensibilidades

Esta obsesión por frenar sus avances quedó muy patente en el partido de la polémica. El Valencia se estaba jugando la permanencia en primera división. Vinicius era la gran amenaza para los defensores locales. Durante bastantes minutos no pudo logra su objetivo, pero, después de mucho insistir, estaba a punto de realizar una de sus jugadas más efectivas.

El peligro era inminente. Un defensor del Valencia lo vio tan claro, que no pudiendo frenarlo por sí mismo, no dudó en lanzar contra él un segundo balón que había en el terreno de juego con certera puntería, desbaratando el ataque. Algo que tal vez no se había visto nunca antes en más de 120 años de fútbol y que da idea de la metalización para frenar al extremo en cada partido por muchos de sus rivales.

El futbolista brasileño –a su vez- también debe saber que ciertas conductas de menosprecio al rival pueden herir sensibilidades de otras personas, como en ocasiones son heridas las suyas.

Racismo, fanatismo, odio… Al final es lo mismo, un intento –en ocasiones muy cruel- de aplastar a una persona o a un colectivo desde el egoísmo -a veces también desde la cobardía-, con el objetivo de lograr fines poco éticos.

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