El color de los sentimientos en Guastatoya

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Había transitado varias veces al lado de aquella tapia, lo suficientemente larga como para no pasarme desapercibida. Tampoco me fue necesario preguntar qué se ocultaba detrás. Me bastó con alzar la vista y ver sobresalir unas cruces. Estaba claro que se trataba del cementerio, con sus diferentes particularidades, algo común en todos los pueblos y ciudades del mundo. Solo el color de los sentimientos me resultó distinto en Guastatoya.

Experimenté esa sensación que siempre nos dejan estos lugares, aun no siendo especialmente aprensivo; pero no descubrí, no me sentí realmente atraído por el cementerio hasta aquel día en que lo contemplé desde lo alto del barrio de La Loma, situado yo al pie de la cruz que se alza en ese lugar.  En el inicio de una amplia panorámica general, vi un recuadro de colores que llamó mi atención al instante.

Flores de Monet

Podría ser un lienzo de Monet, por ejemplo, su Campo de Amapolas o su Jardín de Giverny; podía ser el cuadro de Los lirios, de Vincent Van Gogh o la pintura Flores, de Andy Warhol; o podía ser el cementerio de Guastatoya.

Me llamó la atención de tal manera que -en contra de lo que es mi costumbre- me prometí acudir otro día con más tiempo a ver de cerca aquel mosaico de colores de los sentimientos de Guastatoya, de tonos pastel: claros y alegres.

Recuerdo que unas mañanas antes, estando en San Agustín Acasaguastlán, sentí bajar por la calle del mercado un picot a una considerable velocidad. Me volví y comprobé -con cierta sorpresa, por lo inesperado- que en la palangana (zona destinada a la carga) del vehículo iba un féretro, el cual se movía dada la velocidad del vehículo y el firme irregular del empedrado de la calle.

En realidad, un señor, al lado, trataba de sujetarlo; pero en aquel momento bastante tenía con agarrarse fuerte él mismo para no caerse.

Dos picots más aparecieron detrás al instante, con sus respectivas palanganas llenas de persona con rostros afligidos. Entonces entendí que era un cortejo fúnebre.

Esa escena, aunque lógica y natural, me sorprendió. No tenía nada que ver los colores alegres del camposanto de Guastatoya, aunque, en realidad tampoco sé si el de San Agustín y los de otros pueblos del entorno ofrecen ese colorido, porque no tuve ocasión de pararme a verlos.

Cementerios famosos

Hay cementerios famosos en el mundo. Unos por sus ostentosos panteones -nada extraño si reparamos en que las mismísimas pirámides de Egipto eran tumbas-, otros por su sencillez o por su recogimiento. Llegan a ser tan célebres que incluso se incluyen en las referencias turísticas de algunas compañías de viajes.

Entre los más famosos suelen salir a relucir nombres como los de Père-Lachaise, París; La Recoleta, Buenos Aires; Staglieno, Génova; Almudena, Madrid; Skogskyrkogarden, Estocolmo o el Cementerio Alegre en Sapanta (Rumanía).

Este al que me estoy refiriendo es pequeño y modesto, pero en el apartado de cementerios dulcemente tristes o tristemente alegres yo situaría al de Guastatoya.

Cuando me acerqué, percibí especialmente aquello que había llamado mi atención desde La Loma: la inquietud de sus gentes por pintar de colores alegres su aflicción por aquellos seres queridos que se les han ido y, tal vez sin proponérselo, dejarlo sutilmente reflejado en un bello mosaico. Me conmovió aquel color especial de los sentimientos en Guastatoya.

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