Subiendo al corazón de la Sierra de las Minas

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Prácticamente lo había descartado, pensaba que en este viaje no tendría opción, pero al final pude subir a la Peña del Ángel en el corazón de la Sierra de las Minas (San Agustín Acasaguastlán – Guatemala), uno de sus lugares emblemáticos, elevado a 2400 metros de altitud.

El viaje fue una pequeña odisea, porque, aquello que había comentado un poco metafóricamente en el artículo Remontando el río Hato, de alguna manera, se hizo realidad y tuvimos que abrirnos paso literalmente a golpe de machete para alcanzar el ansiado objetivo; eso sí, dentro del mayor respeto al medioambiente.

La semana anterior había estado en la aldea Los Albores, uno de los últimos territorios antes de penetrar en la zona virgen de la espléndida montaña centroamericana. Pensé que era a cuanto podía aspirar en este viaje, y lo sentía, porque no me gustaba quedarme en albores ni umbrales de nada. Quería llegar al corazón, al corazón de la Sierra de las Minas.

Puerta de Golpe

Resignación

En mi interior había, por tanto, una mezcla de resignación e insatisfacción. Por eso, cuando don Fredy Oliva, nuestro guía en la expedición anterior a Los Albores, nos propuso esta segunda incursión más arriba no lo dudé ni un segundo.

Menos la fecha del 13 de octubre, prevista para la tercera jornada de la Olimpiada de la Cooperación en Magdalena, cualquier otra era válida, aunque tuviese que alterar todo el programa.

Lluvia la noche previa

En los días previos había llovido con cierta insistencia, también la noche anterior. Don Fredy Oliva nos advirtió de que si seguía lloviendo hasta entrada la madrugada, no podríamos subir porque el camino no estaría apto. Eso me preocupó, aunque al mismo tiempo me sentí optimista.

La lluvia había caído con intensidad en los últimos días

Afortunadamente antes de la medianoche dejó de llover y en la mañana acudimos a San Agustín Acasaguastlán, donde nos habíamos citado a las 8:00 horas. Al final acabamos arrancado hacia la montaña una expedición de 11 personas a las 8:47. En Los Albores se nos unirían otras dos más hasta completar un grupo de 13.

No sé si había supersticiosos en el grupo, pero como fuimos apareciendo en diversas fases del camino, creo que nadie en aquel momento echó cuenta de cuántos éramos, ni siquiera por si nos perdíamos algunos. En realidad, tampoco sé si el 13 también es considerado el número de la mala suerte en Guatemala.

Integrantes de la expedición

Mis compañeros y compañeras en esta de excursión tan especial eran: Aracely Ortiz, Dorita Hernández, Heimi Vásquez (¿lo he escrito bien, Heimi?), Wendy Rey, Andrea Oliva, Mario Chea, Wilder Oliva, Hugo Vargas, los miembros de InfantiaN Leslie Vásquez y Bryanth Castro; don Fredy Oliva y Edgar Benjamín Méndez.

Llevábamos un buen vehículo. Un Toyota que se veía muy potente y “muy apto para la montaña, más que el que nos llevó a Los Albores”, comentó don Fredy Oliva. No sé si habló de un modelo V20. No lo puedo asegurar porque realidad no entiendo nada de carros/coches y les presto muy poca atención a marcas y modelos, aunque aquel me parecía muy fiable.

La pista camino de la aldea del Carmen

Temporal nocturno en la montaña

Con lo que no habíamos contado es con que en la montaña, durante toda la noche, se había levantado un temporal de agua y viento. Un huracán dijeron los vecinos. Su dimensión la fuimos comprobando a medida que íbamos ascendiendo. En algunos puntos nos encontrábamos ríos de agua, auténticas torrenteras, muy fotogénicas, que, de momento, nos alegraban el camino.

Muestras del temporal de la noche anterior

Fuimos subiendo sin novedad. La mañana era hermosa. En Puerta de Golpe tomamos la pista de la derecha, sin cruzar el río Hato. La semana anterior habíamos ido por la izquierda, en dirección a Chanrayo y El Cimiento. De este modo, tenía oportunidad de conocer una nueva ruta.

Nos tropezábamos con un paisaje exuberante allá hacia dónde mirásemos, de un verde intenso. El agua corría bajo nuestros pies y las nubes, tan bajas, casi nos rozaban por momentos la cabeza. Seguíamos subiendo hacia una zona selvática de Centroamérica, el área virgen de la Sierra de las Minas, declarada Reserva de la Biosfera.

Paisaje de la zona de Sierra de las Minas con matas de café en primer plano

De cuando en cuando teníamos que detener el vehículo para retirar alguna rama o algún tronco, arrastrado por la tormenta al medio de la pista.

Cardamomo

Arrozal, El Conte, Cuchillo de Paja o la finca Los Bálsamos fueron algunos lugares que atravesamos. Cuando hablamos de fincas en Guatemala, hablamos casi de países. Es una exageración, pero por lo general se trata de grandes extensiones de terreno.

Entre los cultivos destacaban el café y el cardamomo, una especia muy apreciada en la cocina. Había oído hablar mucho del cardamomo, pero no lo conocía. Me traje de recuerdo una ramita al regreso a España, que puse en una maceta, aunque creo que no va a prender.

Cardamomo

Me cuenta don Fredy Oliva que en una época en la que bajó el precio del café, muchos agricultores de la zona decidieron pasarse al cultivo del cardamomo, que se cotizaba alto en aquel tiempo. Sin embargo, el mercado de este producto»está en un momento difícil, pero no ya no se puede volver atrás. De todos modos, el consuelo para ellos es que tampoco es un buen momento para el café», añadió.

Cardamomo, producto delicado

Encontramos una plantación de cardamomo que llegaba a la orilla de pista. Nos detuvimos a verlo. «¡Ahí lo tiene!, exclamo don Fredy. «¿Dónde?», pregunté. Miraba hacia las hojas de la planta y no reparaba en unos «racimos» al pie, con unas bolitas como cuentas de un rosario, más alargadas y de color verde.

Planta de cardamomo

«Ese color deben conservarlo en todo momento hasta destino, de lo contrario el producto perderá su valor», me explicaba don Fredy Oliva. Ahí radica parte de la dificultad de este cultivo, porque una mala manipulación o conservación puede generar importantes pérdidas.

«Racimos» de cardamomo

Para subir a la Peña del Ángel, dicen que el verano es la mejor época; es decir, en Guatemala serían los meses que van de febrero y junio; pero para alguien de Galicia la hierba mojada, el barro en el camino y el agua corriendo cantarina por las cunetas forma parte de su esencia. El escenario, por tanto, no podía ser más gratificante para mí.

Primer aviso

Pero no todo iba a ser coser y cantar. El primer aviso llegó cuando nos cruzamos con un vehículo que bajaba en sentido contrario. Su conductor se detuvo a nuestra par -era en cualquier caso una operación obligada, porque en la estrechez de la pista los carros tenían que medirse mucho a la hora de pasar uno por otro- y nos dijo que el camino estaba cortado más arriba y que tardaría en quedar despejado.

Estado de la pista

Aun sin decir nada, internamente me preocupé. Pensé que me iba a quedar otra vez en los albores o en los umbrales y mi intención era penetrar en la zona virgen, en la Reserva de la Biosfera de la montaña.

Tomamos la decisión de seguir para evaluar por nosotros mismos la situación. Comprobé que, en general, todos queríamos ir más arriba y eso me gustó.

Machete en mano

Dos maestras de escuelas rurales, detenidas en sus motos un poco más arriba, volvieron a alertarnos: “Nosotras damos vuelta, no se puede pasar. La pista está cortada en varios puntos”. Lo de “varios puntos” sí que me pareció mucho más serio.

Primer corte en el camino

“Vienen vecinos con las motosierras a despejar el camino, pero les puede llevar todo el día”, dijeron las dos mujeres, que tomaban el camino de regreso, concediendo un día de vacaciones obligadas a los alumnos de aquellas aldeas, aunque los niños tal vez no protestasen por ello.

Tocaba ponerse manos a la obra y despejar la pista

Decidimos seguir y, efectivamente, pronto comprobamos que varios árboles se atravesaban en la pista. Evaluamos la situación y vimos la manera de cómo despejar mínimamente el camino para abrir paso al carro (coche).

Cuando estábamos manos a la obra, llegó un vecino de una aldea próxima con una motosierra y entre todos, empleándonos con diligencia, pudimos despejar la senda con cierta rapidez. No habíamos salido temprano y otro factor en contra era el tiempo.

Más árboles en el camino

Avanzamos un poco y nos encontramos con el segundo corte. Motosierra, macheta y a cortar troncos y a arrastrar ramas. Acabamos superándolo también, pero nos hablaban de un tercero. Tampoco tardó en presentarse en nuestro camino. Eso indicaba que la tormenta tuvo su foco principal en una zona muy concreta al sur de la aldea del Carmen.

Con frecuencia había que retirar troncos del camino

Tercer obstáculo

Este tercero obstáculo me impactó. «¿Podremos deshacernos de esto y cuánto tardaremos?», fue mi primer pensamiento. Temía que alguien dijese: «¡Por qué no desistimos!». Era mi oportunidad y no quería quedarme en los albores, en los umbrales. En mi cabeza estaba la Peña del Ángel.

Una gran mole de troncos y ramas ocultaba la pista. Cuando llegamos, ya había varios vecinos concentrados en este punto, pero parecían más interesados en evaluar la situación que en despejar el camino, como si hubiese que resolver una gran ecuación matemática para saber por dónde empezar.

Como habían dicho las maestras, parecía que se habían concedido todo el día para dejar despejado ese punto del camino. Pero nosotros no teníamos ese tiempo.

Evaluando la situación

Fue llegar y empezamos a arrastras ramas, las más livianas, las que se podían quitar más fácil para dar la sensación de que el obstáculo no era tan grande. Los más de los vecinos miraban. Uno con una motosierra, al ver nuestro empeño, se decidió a colaborar. La mayoría seguía evaluando la situación. Yo quería abrir el hueco suficiente para poder dar paso a nuestro vehículo.

Una segunda motosierra se sumó más tarde, pero cortaba por los bordes de camino. Nuestro paso no era una prioridad para ellos. O tal vez pudieron pensar que si nos abrían paso rápido, nos marcharíamos y dejaríamos de colaborar, aunque allí, en número, había personal suficiente.

Humedad y sudor

Acabé empapado de agua, barro y sudor. La humedad era muy alta y a poco que uno se aplicase en el esfuerzo, el sudor caía a chorros. Fue un esfuerzo continuado durante bastante tiempo. Mi vinculación con el mundo del ciclismo me debería haber servido para recordar esa máxima: “Come antes de tener hambre y bebe antes de tener sed”, pero embarrado y con los víveres a desmano, solo pensaba en apartar ramas.

Visita a don José Carlos Méndez

Superado este tercer obstáculo, llegamos al límite entre las aldeas del Carmen y de Los Albores y visitamos a don José Carlos Méndez Montenegro, quien nos contó acerca de su azarosa etapa de guardabosques y las particularidades de la Sierra de las Minas, como queda reflejado en parte en el artículo José Carlos Méndez, defensor “a muerte” de la Sierra de las Minas y “Caballero Quetzal”.

También nos habló de aquellas especies animales y arbóreas que podríamos encontrarnos en el monte de la Sierra de las Minas, eso sí, yendo con mucho tiempo y paciencia.

“En la cumbre, en el tiempo de frío se pueden acumular 2 o 3 pulgadas de escarcha”, nos comenta José Carlos Méndez. Tengo que hacer el cambio a centímetros para saber de qué grosor estamos hablando. Unos 7 centímetros. No está nada mal en un país tropical o subtropical, aunque hemos de tener en cuenta que el Cerro Raxón, el más alto de la Sierra de las Minas, tiene una elevación de 3015 metros sobre el nivel del mar.

Nos despedimos. Debíamos seguir subiendo a la Peña del Ángel en el corazón de la Sierra de las Minas.

El cielo se nos venía encima

El Quetzal

Al hablar de la fauna tiene que hacer mención al emblemático Quetzal, ave nacional de Guatemala, que da nombre a la moneda del país, que se representa en cientos de escenarios, que le ha dedicado un poema Juan Luis Argueta Ochoa: “Ave pura de rara belleza…”. No es fácil verla, aunque al parecer esta ave, símbolo de la libertad, ya ha conseguido reproducirse en cautiverio en México.

“En la época de febrero a mayo, cuando crecen las moras y los aguacatillos, pueden bajar hasta aquí”, dice José Carlos Méndez, refiriéndose a la zona alta de las aldeas de Los Albores y del Carmen. Y nos enumera algunas aves que podríamos encontrarnos, a mayores del Quetzal: “Pavo cacho, pavo cojolita, faisán… y gran cantidad de aves pequeñas”, añade.

Fauna y flora de la Sierra de las Minas

En cuanto a la fauna, hace referencia al “tapir o danta, al coche de monte (que para nosotros sería una especie de jabalí), pecari (otra especie de cerdo salvaje), mono saraguato, mono araña, pizote (o coatí), tepezcuinte (o paca común), grisón (o huroncito), oso hormiguero, mapache y guaya de noche, entre otros”, sigue diciendo.

885 especies animales y vegetales

Diversos estudios hablan de la existencia de un total de 885 especies animales en la Sierra de las Minas, de las que casi la mitad son aves.

En lo que a árboles se refieres, nos comenta que hay “16 especies de pino y 2 de ciprés, además de pinabete (también conocido como oyamel o abeto de Guatemala), encino, caoba, cedro, cedrillo, roble, o dama del bosque, como principales especies”, añade en apartado de la flora.

La Monja Blanca

En este último apartado tendríamos que hacer referencia también a la monja blanca, una especie de orquídea muy propia de la Sierra de las Minas y de la Alta Verapaz y de difícil reproducción. Fue declarada flor nacional en 1934 y desde 1997 figura en las monedas de 25 centavos del país.

Damos por concluida aquí esta parte del relato de la ascensión, que completaremos con otras dos.


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