San Agustín Acasaguastlán, un pueblo al natural

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Hoy he viajado a San Agustín Acasaguastlán, departamento de El Progreso, Guatemala. Había estado otras dos veces, pero solo de pasada. Me pareció una buena opción hacerlo en el coche de línea regular, un microbús de 16 asientos. En la terminal de autobuses de Guastatoya pregunté cuándo salía, me dijeron que al llenarse.

San Agustín Acasaguastlán

Supuse, entonces, que sería pronto; pero había calculado mal el número de personas que caben en un vehículo de esas características si nos apretujamos bien en un ambiente de altas temperaturas. Con todo, ni un mal modo entre el pasaje ni una exigencia de rapidez y siempre buena disposición para hacerle sitio al último o, en estos casos, al penúltimo, porque siempre hay sitio para uno más.

Viaje en microbús

Arrancó el microbús y sentí el placer del camino cuando se recorre sin obligación. Creo que no nos integramos en el camino hasta que no sentimos su polvo en la garganta. Yo un poco lo sentía, pero no era nada fuera de lo normal. Es algo que los habitantes de los pueblos del valle del Motagua experimentan a diario como una incomodidad menor entre sus otras preocupaciones diarias.

Sierra de las Minas

A poco de salir a la carretera general, a la ruta del Atlántico, en un cambio de rasante apareció de frente, majestuosa, la Sierra de las Minas, con las eternas nubes posadas en sus cumbres, una especie de espuma de nieve, que crea uno de los bosques nubosos más importantes de Centroamérica y que da lugar a un hábitat muy particular.

Los Albores, en la Sierra de las Minas

Más adelante, nos encontramos con una retención de vehículos. El nuestro, lejos de detenerse, aceleró por el arcén, superando a los grandes camiones detenidos por las obras de ampliación del puente sobre el río Motagua en Las Champas (El Rancho) y desviándose por un ramal a la derecha. Dimos un buen rodeo. Si el conductor lo hacía entendíamos que era porque ganaba tiempo o porque no quería tener el vehículo parado al sol repleto de pasajeros. Cuando tienes tiempo, no te importa que el camino se alargue. Seguí disfrutando del viaje, a la vez que sudaba la gota gorda.

Privilegio para los amantes de la naturaleza

Llegamos a San Agustín. La última parada está en una calle que desemboca en el mercado, próxima a la iglesia, monumento del que ya nos hemos ocupado en InfantiaN, y al Parque Central. Es un pueblo no muy grande, en el inicio de una ladera que lleva a la Sierra de las Minas. En realidad, la vista acaba tropezándose con montañas cualquiera que sea la dirección a la que se dirija. Un lugar privilegiado para los amantes de la naturaleza.

Mercado de San Agustín Acasaguastlán

Aún es hora de mercado cuando llegamos a San Agustín Acasaguastlán. Empieza a las cinco de la mañana y se prolonga hasta las cinco de la tarde o más. Pero ya me comentaron que si hubiese ido en jueves, sería mucho más grande; porque los jueves y domingos son los verdaderos días de mercado. Mucho producto agrícola, ropa, calzado y útiles del hogar en especial, productos de consumo mayoritario.

Un libro sobre la historia de Centroamérica

Su iglesia y la cruz del Parque Central hablan de una cultura de influencia hispánica, pero las ruinas de Guaytán, situadas en las afueras del casco urbano, hacen referencia también a una anterior presencia de pueblos Maya Motagua. San Agustín, como la mayoría de los pueblos de las orillas del río Motagua, son un libro viviente de la historia de Centroamérica.

Me proveo de agua, de un trozo de sandía muy sabroso que me lo sirve Maday en su puesto y tomo un helado. Lo hubiese pedido de limón, mi preferido; y me habían recomendado también otro con sabor a queso, pero ni uno ni otro había: nata con chocolate. Me doy un respiro mientras me lo tomo.

Río Hato

Río Hato

Me acerco hasta el río Hato. Baja más caudaloso de lo que yo esperaba, pero acaban de salir del invierno y es normal que lleve más agua. Bajo el puente que cruza este afluente del Motagua en dirección a Llano de Jesús, algunas familias lavan la ropa. La vista del río es hermosa y el verde de las dos orillas da una sensación de frescor que en el ambiente apenas se percibe.

Aldeas remotas

Algunas casas lejanas cuelgan de la ladera, pero me dicen que hay otras metidas mucho más arriba en la montaña, en remotas aldeas. Miro las imponentes montañas y me hago una idea de lo apartadas que pueden estar teniendo que subir por pistas de tierra y solo en vehículos con tracción a las cuatro ruedas. No obstante, viendo esa panorámica, la tentación de echar a andar es grande si te atrae la naturaleza.

Poco turismo

Como muchos otros pueblos del Valle del Motagua, San Agustín Acasaguastlán -a pesar de sus atractivos- no está “acicalado” para recibir turismo al uso ni tampoco habituado, de hecho me pidieron la documentación dos veces en un cuarto de hora.

Se entiende más si se aclara que está declarado el estado de sitio por unos incidentes ocurridos en Izabal, pero en el ambiente no se palpa inseguridad; al contrario, se respira tranquilidad a los sones de la marimba de la música del Parque Central, y la gente, tanto en el microbús como en las calles, resultó ser extraordinariamente amable.

San Agustín Acasaguastlán es un pueblo con una gran historia, que parece en cierto modo atrapado en el tiempo y en los ritmos pausados de la marimba; pero –como otros pueblos del Valle del Motagua- constituye también una gran oportunidad para quienes aún disfrutan viendo el mundo tal cual, al natural, y quienes quieren profundizar en la historia de Centroamérica.

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